¿Los músicos deben resignarse a sufrir?

¿Interpretar música y tener dolor? Para muchos músicos es normal, inevitable. Incluso a veces es percibido como signo de “haber trabajado bien”.  O, se puede tocar sin sufrir, sin resignarse a sufrir. En principio, esto es lo que ocurre en la cabeza del intérprete.

Una aclaración para comenzar, algunos dolores no tienen ningún carácter alarmante: aquellos poco duraderos, posteriores a una repetición prolongada, no son graves. El cuerpo estima que ha trabajado demasiado y simplemente reclama reposo.

En cambio, hay que preocuparse cuando el dolor aparece sistemáticamente durante el trabajo instrumental y persiste después. O si aparece después de cada sesión , llegando a veces a perturbar otras actividades cotidianas. En estos casos, casi siempre es debido a un fallo del gesto o de la postura del intérprete, con lo cual el dolor durará. Es este dolor el que envenena la vida del músico y del cual quiero hablar.

Del músico aprendiz al concertista internacional.

 ¿En nombre de qué habría que aceptar algo que lleve a ciertos alumnos al estancamiento y desmotivación? ¿Por qué tantos profesionales deberían resignarse a los dolores crónicos y la angustia que les acompaña? “¿Soy Normal? ¿Voy a  aguantar hasta el concierto? ¿Podré continuar tocando?” ¿Por qué las consultas de médicos y fisioterapeutas reciben un número considerable de músicos que sufren, obsesionados por la idea de volver a tocar lo antes posible? ¿Por qué ciertos concertistas internacionales permanecen sordos a su dolor hasta tener que interrumpir un día su carrera?

Misterio…El medio musical tiene necesidad de hacer una pequeña revolución cultural en este dominio para aceptar que tener un dolor no es un mal necesario. Empezando por desarrollar una inteligencia de la sensación corporal, bien sea de dolor o de bienestar, para tenerla en cuenta de manera más racional.

El dolor es un signo de alarma.

 El dolor, recordemos, es uno de los principales signos de alarma de nuestro cuerpo: nos señala un exceso de calor o de esfuerzo, un objeto picante o abrasivo, una infección, un problema digestivo…

La práctica en la consulta permite verificar que el umbral del dolor varia de un individuo al otro. Algunos se quejarán de dolores insoportables, mientras que otros sólo sufren problemas menores. Otros, como he comprobado entre los músicos, evocarán un dolor difuso cuando están al borde de la ruptura muscular! Un consejo que vale para todos: estad a la escucha de vuestro cuerpo, para reconocer (más bien que ocultar) el hecho de tener dolor.

Desgraciadamente, los instrumentistas prefieren a menudo banalizar: “Va a pasar, todos los músicos tienen alguna vez dolor”. Otro ejemplo no infrecuente, la persona imagina que sufre una patología grave, incluso gravísima que le incitará sobre todo, a no consultar. En todos los casos, la persistencia de dolor va provocarle dudas: “¿Mi técnica está a punto? ¿He trabajado suficiente?” Dudas que le llevaran pronto, a medida que el dolor se agudiza, a recurrir a tratamientos sintomáticos: infiltraciones, anti-inflamatorios, ultrasonidos, masajes, pomadas…

En cambio, no se interroga sobre lo que el cuerpo expresa.

Recuperación del trabajo instrumental, recuperación de los dolores.

Los tratamientos ayudan a pasar una parte, superar una inflamación eventual y combatir la ansiedad. Pero no suprimen definitivamente el dolor si su origen está en el gesto musical. El siguiente escenario es clásico: el dolor reaparece cuando el instrumentista vuelve a tocar. Lo hará cada vez más rápido a medida que las recaídas y vueltas se sucedan: el cuerpo mal gestionado, instalará protecciones cada vez más fuertes.

Igualmente he identificado un cierto fatalismo de los músicos respecto al dolor: si todo el mundo tiene dolor ¿para qué pelearse con lo que venga después? Decirse a uno mismo que es intolerable seguir teniendo dolor es el inicio de la curación. Además los medios ofertados a los músicos se van desarrollando: métodos, especialistas capaces de abordar sus patologías…

Este movimiento tiene que estar reforzado por los propios músicos: cuanto más investiguen más demandarán a la medicina otro enfoque de sus patologías y estos estarán más motivados para meterse en este dominio todavía poco descifrado. La medicina del deporte se ha convertido en una disciplina reconocida en los últimos treinta años. ¿Por qué no soñar con una medicina de orquesta o de una enseñanza sistemática de la fisiología en las escuelas de música y conservatorios?

 

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